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sábado, 31 de agosto de 2013
viernes, 9 de agosto de 2013
CONCLUYE JORNADA DE VERANO DEL NIVEL MEDIO 2013 AUSPICIADO POR DISTRITO EDUCATIVO 15-02
El Ministerio de Educación, en coordinación con el Distrito Educativo 15-02 concluyó este fin de semana una Jornada de Verano del Nivel Medio en la Capacitación
sobre el análisis de los contenidos
curriculares del nivel medio con la finalidad de fortalecer el desarrollo de aprendizajes
significativos en el aula.
La jornada, que abarcó a los centros educativos pertenecientes al
Distrito Educativo 15-02, dicha jornada estuvo
dirigida a directores, coordinadores y
docentes.
Los propósitos fundamentales de la actividad era propiciar espacios de análisis y reflexión que permitan articular estrategias y recursos de enseñanza, de aprendizajes y de evaluación pertinentes al nivel medio que promuevan y desarrollen el aprendizajes de calidad y un enfoque en las estrategias de planificación a partir de esquema de unidad de aprendizaje que facilite la preparación de la docencia regular.
Los propósitos fundamentales de la actividad era propiciar espacios de análisis y reflexión que permitan articular estrategias y recursos de enseñanza, de aprendizajes y de evaluación pertinentes al nivel medio que promuevan y desarrollen el aprendizajes de calidad y un enfoque en las estrategias de planificación a partir de esquema de unidad de aprendizaje que facilite la preparación de la docencia regular.
El evento fue organizado por los técnicos
del distrito educativo 15-02, bajo la dirección general de la licenciada María
Dominga Comas Castillo, directora del Distrito
Educativo.
La jornada tuvo una duración de tres días
y se celebró en el Politécnico Parroquial Santa Ana del sector de Gualey.
Relator: Héctor Crespo
domingo, 4 de agosto de 2013
sábado, 6 de julio de 2013
.
¿Qué es una buena escuela?
Inés Dussel
Myriam Southwell
"Encontrar una buena escuela no es tan
difícil como encontrar un unicornio azul, no es imposible, no forma parte de
los sueños. Creo que no es una utopía, que es posible hacerlo (porque de hecho
las hay.)".
Marcelo Bianchi Bustos.
Cuando convocamos a los lectores de El
Monitor a presentar ideas sobre qué es una buena escuela, y a señalar
experiencias concretas que evidenciaran prácticas productivas, lo hicimos con
la voluntad de poner a discusión dos cuestiones.
La primera es si, efectivamente, podemos
definir hoy qué es una buena escuela entre quienes hacemos hoy la escuela.
Buscábamos debatir con la crítica extendida que dice que las escuelas de hoy,
en bloque, son instituciones que no funcionan, o funcionan mal (visión que es,
en parte, exacerbada por algunos discursos mediáticos). Nos interesa, como lo
señala Marcelo Bianchi Bustos en el epígrafe de este artículo, poder hablar de
lo que "sí funciona", poner en evidencia lo que creemos que produce
buenos resultados, colocar la lupa sobre el cotidiano escolar para superar la
sensación de "sin salida" que sienten muchos docentes.
La segunda cuestión es si esta definición
pasa por lo que en algunas corrientes se delinea como "la escuela eficaz", "las
buenas prácticas", y en general, por el conjunto de recomendaciones que se
vienen produciendo, sobre todo desde los organismos internacionales, para
orientar la reforma de la institución escolar.
¿Hay algún modelo de institución que podamos
tomar como respuesta para todos los problemas?
¿Hay
un formato de escuela establecido para resolver nuestras crisis?
¿Es un
único formato, o se trata de múltiples criterios que cobran distinta vida en
cada establecimiento?
Al
mismo tiempo, si creemos que hay múltiples criterios,
¿Quiere
decir que renunciamos a decir algo más general sobre el conjunto de las
experiencias escolares?
¿Qué pasa entonces con el principio de
justicia en el sistema educativo?
La diversidad de experiencias escolares, ¿no
vendrá a legitimar una desigualdad social y cultural?.
En este artículo, nos gustaría recuperar las
opiniones que nos enviaron los lectores, y proponer una reflexión en conjunto
acerca de qué muestran ellas sobre las prácticas escolares actuales, y otras
que podemos imaginarnos para el futuro.
Pero
antes, quisiéramos detenernos un poco en qué cuestiones hoy definen a la
escuela como institución, y en qué condiciones se está produciendo la acción
escolar.
La escuela: ¿Institución-cascarón?, ¿centro social?, ¿lugar de
aprendizaje?
Hoy, a la escuela se le demandan muchas cosas, quizás
demasiadas. Se le pide que enseñe, de manera interesante y productiva, cada vez
más contenidos; que contenga y que cuide, que acompañe a las familias, que
organice a la comunidad; que haga de centro distribuidor de alimentos, cuidado
de la salud y de asistencia social; que detecte abusos, que proteja los
derechos y que amplíe la participación social.
Estas nuevas demandas tienen que ver con
nuevos tiempos. Vivimos en condiciones que han sido llamadas por algunos
"modernidad líquida"1, en las que se incrementa la velocidad de los
intercambios, en las que la fluidez y la flexibilidad se convierten en valores,
y lo duradero y estable aparece como sinónimo de pesadez y atraso. Por otra
parte, de "este lado del mundo", la precariedad y la incertidumbre se
asocian a la pobreza, a la desigualdad, a la crisis, a la exclusión. El
"declive de las instituciones"2 que nos daban identidad y amparo (el Estado, las
sociedades vecinales, los barrios, las iglesias, las escuelas) y que
organizaban ese largo plazo más estable y duradero, implicó un "quedarse
en la intemperie" -como lo denominó el historiador Tulio Halperin Donghi-
que nos hizo sentir hermanados, más que en la solidaridad colectiva de un proyecto
común, en el desamparo más terrible.
Las demandas que hoy "llueven"sobre
la escuela tienen que ver con este contexto, pero al mismo tiempo colocan a las
escuelas en una situación paradojal, que alimenta este "sin salida"
que sienten muchos educadores. La escuela nació para resguardar y transmitir el
saber en tanto este se volvió más complejo 3. Pero en el contexto de la modernidad líquida,
la idea misma de la reproducción cultural de las sociedades, de la conservación
y transmisión de la cultura, se vuelve más problemática. ¿Cómo lograr cierta
estabilidad en la transmisión intergeneracional que asegure el pasaje de la
cultura de adultos a jóvenes? ¿Cómo establecer ciertos puntos de referencia si
tanto los puntos de partida como los de llegada están en permanente cambio?
¿Cómo evitar que esa transmisión no se interrumpa con las dis-locaciones
(exilios, desempleo, mudanzas, quiebras) y turbulencias a que están sometidas
hoy amplias capas de la población? Un estudioso de las nuevas alfabetizaciones,
Gunther Kress, dice algo similar en relación con lo que se le pide a la escuela
que enseñe: "En un mundo de inestabilidad, la reproducción ya no es un
tema que preocupe: lo que se requiere ahora es la habilidad para valorar lo que
se necesita ahora, en esta situación, para estas condiciones, estos propósitos,
este público concreto, todo lo cual será configurado de manera diferente a cómo
se configure la siguiente tarea".4 Uno de los elementos más destacables del
panorama actual es que, pese a este presente de demandas cruzadas, de recursos
escasos y de incertidumbres variadas, la organización de la escuela en tanto
institución no ha cambiado demasiado. Los puestos de trabajo, la forma en que
se organiza la tarea de los docentes, la estructura de los "contratos de
trabajo" y la organización en áreas y disciplina, no se transformaron al
mismo ritmo que se transformó la sociedad y la cultura. Pero más todavía que
esta estructura organizativa y administrativa, lo que permaneció estable fue la
forma en que pensamos que deben organizarse las escuelas, y lo que creemos que
es una buena enseñanza. Esta manera de entender "qué es una
escuela"sigue siendo bastante parecida a lo que se pensaba cuarenta, o
incluso ochenta o cien años atrás.
Esta disparidad o disyunción entre realidad e
imaginario no es nueva, ni es solamente argentina. Distintos analistas europeos
y norteamericanos 5 hablan de la crisis de un modelo o forma
escolar; y, al mismo tiempo, de la persistencia de una cierta gramática o
núcleo duro de reglas y criterios que resisten los cambios, y que es más
poderosa que los intentos de los reformadores y de los expertos científicos
para modificar la vida de las escuelas. Esta disparidad o disyunción entre
realidad e imaginario no es nueva, ni es solamente argentina. Distintos
analistas europeos y norteamericanos 5 hablan de la crisis de un modelo o forma
escolar; y, al mismo tiempo, de la
persistencia de una cierta gramática o núcleo duro de reglas y criterios que
resisten los cambios, y que es más poderosa que los intentos de los
reformadores y de los expertos científicos para modificar la vida de las
escuelas. Esta gramática provoca que, en muchos casos, y pese a la irrupción de
nuevos sujetos y demandas, las escuelas mantengan la "apariencia
escolar" anterior 6, o asuman una estrategia defensiva de
resistencia, nostálgica y orientada al pasado. La escuela, entonces, se
convierte en una institución-cascarón, al decir del sociólogo británico Anthony
Giddens:
"Donde quiera que miremos, vemos
instituciones que parecen iguales que siempre desde afuera, y llevan los mismos
nombres, pero por dentro son bastante diferentes. Seguimos hablando de la
nación, la familia, el trabajo, la tradición, la naturaleza, como si todos
fueran iguales que en el pasado. No lo son. El cascarón exterior permanece,
pero por dentro han cambiado -y esto está ocurriendo no solo en Estados Unidos,
Gran Bretaña o Francia sino prácticamente en todas partes-. Son lo que llamo
instituciones cascarón. Son instituciones que se han vuelto inadecuadas para
las tareas que están llamadas a cumplir".7
Para Giddens, la escuela es una de estas
instituciones-cascarón que no saben cómo hacer frente a las transformaciones de
las relaciones de autoridad, a la emergencia de nuevas subjetividades y a las
nuevas formas de producción y circulación de los saberes.8 Si no hay más
legitimidades garantizadas para las instituciones, porque la idea misma de
transmisión y del largo plazo aparece en crisis, lo que parece quedar son
instituciones que deben arreglárselas como puedan o quieran, docentes que se
quejan de que los chicos ya no vienen como antes, adultos abdicando de su
autoridad ante el cuestionamiento y, en algunos casos, escuelas que se sienten
como una última tribu que defiende los valores humanistas que ya nadie defiende
en la sociedad, y que se vinculan con sospecha y enojo con la sociedad que las
rodea.
Hay dos modelos de "buena escuela" que parecen irse abriendo
paso como respuesta a la crisis: aquel que postula a la escuela como un centro
social, preocupado ante todo por educar en ciertos valores y organizar la
conducta de los futuros ciudadanos para evitar la violencia y el conflicto en
sociedades crecientemente desiguales; y aquel que plantea a la escuela como un
lugar de aprendizaje, estrictamente vinculado con la instrucción cognitiva,
dominado por el saber experto, la multiplicidad y riqueza de recursos
didácticos y la idea de innovación permanente. 9 Los
dos parecen plantearse como respuestas excluyentes, en un antagonismo que opone
la enseñanza al cuidado y que no contribuye a pensar otras relaciones entre la
escuela y la sociedad (como señalamos en el dossier de El Monitor Nº4). Sin
embargo, lo que nos parece más preocupante es que su análisis es pobre en
relación al sentido y las razones de la organización escolar, a qué hacer con
las tradiciones heredadas (las que recibimos, y las que queremos pasar "en
herencia" a las nuevas generaciones), y a cómo plantearse los desafíos de
la transmisión cultural manteniendo las preguntas sobre la justicia y la
relevancia de esa transmisión.
¿Hay otras alternativas en
las escuelas argentinas? A continuación, queremos dialogar con las respuestas
que enviaron colegas de todo el país, para construir una reflexión conjunta
sobre lo que dicen sobre nuestras escuelas y sobre lo que queremos ser.
Las opiniones de los
lectores: orientaciones para un mapa de inquietudes
A partir de la convocatoria,
recibimos numerosos aportes acerca de aspectos que deberían ser revisados,
valorados o modificados para tener "una buena escuela". Como era de
esperar, las respuestas que recibimos no son uniformes ni abren los mismos
problemas y temas. Precisamente, nos interesa comprobar la enorme dispersión de
aspectos a revisar y la gran heterogeneidad de reflexiones que ella despierta.
Nuestra intención no es la de alcanzar un consenso, sino abrir una reflexión a
partir de esta pregunta que de manera cotidiana nos interroga a todos los
docentes, independientemente de que tengamos ocasión -o no- de formularla en
voz alta.
a) Una buena escuela es una
escuela democrática
Marta Bertolini nos
contestaba acerca de la pregunta "¿Qué es una buena escuela?":
"Considero que si pudiéramos, por lo menos en general, responder entre
todos los actores involucrados a esta pregunta, habríamos comenzado a transitar
el camino de la verdadera transformación; con esto simplemente estoy marcando
la importancia que desde mi punto de vista tiene el tema. (.) Que sea
inclusiva, y no expulsora, como es hoy. (.) Que propugne relaciones
democráticas: entre los distintos miembros de la comunidad educativa, con el
conocimiento, en su organización, etcétera. (y aquí también toca directamente
al Sistema)".
Son muchos los que coinciden
en que una buena escuela es una escuela democrática. También surge, de
inmediato, que lo que entendemos por democracia son cosas diferentes.
Difícilmente podremos aspirar a construir una sociedad justa, de entendimiento
colectivo, de distribución equitativa, si la escuela encierra prácticas que no
promueven estos modos de convivencia. Muchos, al hablar de democracia, hacen
una rápida asociación con el ámbito de los derechos, y ésta sigue siendo una
sana vinculación, ya que la educación es un derecho que encierra (y abre,
habilita) otros derechos. Por eso, un aspecto que debe ser destacado es que
nadie puede tener dentro de la escuela menos derechos que los que posee fuera
de ella en tanto ciudadano.
Esto que puede ser
considerado una obviedad es, sin embargo, algo que no siempre resulta claro en
una institución que tiene como destinatarios más frecuentes a menores y que,
por lo tanto, suele poner a los adultos en el terreno de dar por sobreentendido
qué es lo mejor para ellos. Sin lugar a dudas, nuestro lugar de
adultos-educadores implica una asimetría con los más jóvenes, que cobra sentido
debido a nuestra función de velar por brindarles lo mejor, por hacerlo del
mejor modo, y por contribuir a abrirles puentes hacia un futuro deseable. Un
elemento importante a fin de que la asimetría no se traduzca en desigualdad, es
que no se asfixie aquello que los más jóvenes tienen para decir. En este
sentido, hace poco tiempo un grupo de docentes relataba que los alumnos
demandan que la escuela no sea ni más fácil, ni más permisiva, ni más exigente,
ni más parecida a otros ámbitos, sino más justa.
Todos los que
"hacemos" la escuela sabemos que la posibilidad de tener derechos en
la escuela y fuera de ella no reside solamente en la voluntad interior a la
escuela; antes bien, es una responsabilidad colectiva que implica al Estado, al
gobierno del sistema educativo, a las familias y también a todos los que
concretan la escolaridad cotidianamente. Pero insistir en la idea de
democracia, y aún más, vincular la noción de democracia a una clásica y estructural
idea de "república" (en el sentido de la cosa pública, de lo común)
implica también proteger a los más desfavorecidos, a los que más necesitan el
amparo, a los que no pueden solos. Por ello, una idea muy simplificada del
igualitarismo no provee las mejores condiciones para fundamentar posiciones más
democráticas. Lo hemos señalado en números anteriores de El Monitor: no alcanza
con proclamar una idea monolítica de igualdad, sino que es necesario construir
las condiciones para ella. Las intenciones más democráticas no pueden dejar de
considerar que las sociedades son -desde su propio punto de partida-
profundamente desiguales, y que el conflicto es inherente a la sociedad misma.
La democracia tiene que pensarse más como un movimiento, como una acción que
tiende a mejorar las condiciones de participación y de igualdad de todos, y no
necesariamente como un punto o sistema fijo.
b) Una buena escuela es una
escuela que enseña
Otro aspecto central que
destacan las respuestas es que una buena escuela es una escuela que enseña y
que abre posibilidades hacia el futuro, que transmite mucho, "cosas
valiosas", "conocimientos actualizados", con herramientas
adecuadas, con instrumentos que permitan explorar, inventar, descubrir y dar
cabida a la creatividad y a la libertad.
Los colegas de un jardín
maternal lo decían de este modo: "Una buena escuela debe tener la
capacidad de dar al alumno los instrumentos básicos para la cultura y formación
integral. Que sus objetivos no sean solo combatir el analfabetismo, sino darle
al niño las herramientas necesarias para lograr su realización".
También nos hablaba de esto
Patricia Martel cuando miraba a los alumnos como "una generación que pide
a gritos que se le ilumine el camino. (.) es necesario crear espacios para
debatir.(.) enseñar a pensar, enseñar a elegir".
La escuela que deseamos
cobra sentido cuando puede mostrar los tesoros, decir a todos:"Esto te
pertenece y yo estoy aquí para ayudarte a que forme parte de tu mundo".
Pero, como en el caso anterior, también en torno a la enseñanza se abre una
serie de aspectos dilemáticos. El currículum es una selección cultural
arbitraria, y por ello mismo deja conocimientos, culturas, tradiciones por
fuera de ese conjunto. Esa selección, se sabe, no es neutra en términos
sociales o políticos. Aquí hay que tener cuidado de no caer en visiones
conspirativas o demonizadas de la historia; no es un solo grupo o sector el que
orienta el currículum, sino que este es un mosaico que ha recibido distintas
influencias, aunque esas influencias hayan tenido pesos distintos según quiénes
las ejercen. Y también se conforma por la inercia de lo que existe, por las tradiciones
de los profesores y maestros, por ideas muchas veces difusas sobre lo que debe
enseñar la escuela. Lo que queremos destacar es que el currículum es el
resultado de una lucha por la hegemonía o dirección cultural de la sociedad, y
como tal encierra conflictos, algunos explícitos y otros que han sido
silenciados.
Dice Vanesa Saúl:"Una
buena escuela es donde se les ofrece a los chicos variedad de temas,
información y recursos, para que puedan acceder a la información de diversas
maneras. Se "explotan" -en el buen sentido de la palabra- las
capacidades e intereses de cada uno de los chicos para que acceden desde
distintos puntos y enfoques a una misma temática".
Hay otra selección que
configura lo que se enseña, que se opera en el aula. Y aquí intervienen no
pocas tensiones: si el conocimiento tiene que vincularse con características
propias de la comunidad de pertenencia, con el ámbito más próximo, con el futuro
que esa escuela prefigura para esos chicos, o con definiciones más generales
sobre lo que significa "ser educado"10, entre otros aspectos. En esas
tensiones, quedan zonas grises, descubiertas, insatisfechas, dado que -como
decíamos- el currículum no encierra todo el conocimiento existente sino que
selecciona, incluye y, por lo tanto y en el mismo proceso, excluye. Pensar en
los sujetos concretos que se tiene "enfrente" en el aula, en la
utilidad para su vida, en la capacidad de intersectar con sus experiencias y
expectativas, es fundamental. Y en ese sentido esto hace a una escuela más
democrática, porque puede mostrar que todos tenemos derecho a ser parte de eso
común que transmite la escuela. Pero la tensión entre acercarse a lo próximo e
inmediato, y vincularse con lo más universal y generalizable, sigue en pie, y
no deja de plantearnos inquietudes. Al respecto, el pedagogo Robert Connell
-quien cree que el currículum debe incluir también la voz de los grupos menos
visibles- alerta sobre los riesgos de lo que denomina currículos de guetos, en
el sentido de currículos separados o diferentes. Por ello, señala que la
existencia de un currículum común que se debe ofrecer a todos los alumnos es
una cuestión de justicia social.11 Proponer una escuela que "enseñe mucho"
no debería dejar de lado estas preguntas sobre la justicia curricular.
En muchas de las respuestas
recibidas, los docentes de distintos lugares del país destacan que, para
enseñar mucho y bien, son necesarias adecuadas condiciones edilicias, bibliotecas,
laboratorios y otros insumos igualmente indispensables. La cultura material de
la escuela es muy importante, porque hace a nuestra relación con el espacio,
con los objetos, con lo que estructura nuestra experiencia cotidiana. Y eso no
significa sumarse al tren del consumismo, sino más bien mostrar que hay muchos
tesoros por transmitir, que hay cosas valiosas, agradables y un espacio
protegido en la escuela.
c) Una buena escuela es una
comunidad donde todos tienen "su" lugar, y donde hay valores o principios
compartidos
Para otros docentes, hablar
de una buena escuela es hablar de una institución que permita reconocerse,
valorar el propio lugar, la propia voz, y en esa dirección, refieren a sentidos
de pertenencia, de identidad, de colectivos de trabajo, y se vinculan con la
idea de democracia. Clásicamente, la escuela argentina planteó que para entrar,
integrarse y tener éxito en ella, había que dejar "en la puerta"
experiencias, lenguajes, creencias y peculiaridades que fundaban la individualidad.
Hoy, el conjunto de las respuestas hablan de la importancia de sentirse parte
de una comunidad, de que esa comunidad debe hacer espacio para lugares
diferenciados, y que debe generar un buen clima de trabajo.
Nos dice la docente Silvia
Bello: "Una buena escuela, además, es aquella en la que el diálogo entre
los distintos actores institucionales es fluido; una institución donde las
cuestiones problemáticas son discutidas por los actores involucrados y no
existe únicamente verticalidad en las decisiones".
Por su parte, Orlando
Vicente Guzzo opina:"Me gustaría recomendar una escuela donde los que
asistan vayan contentos, que piensen junto a sus pares y docentes, que hagan
las cosas porque les gusta, que resuelvan problemas charlando con los demás,
que piensen que todos dependemos de todos, que ellos mismos se evalúen y
evalúen al docente".
La importancia de poseer un
"buen clima" en la institución no debe ser subestimada, ya que muchos
de los conflictos que hoy llevan buena parte de las energías en las escuelas
están relacionados con lo que llamamos "lo social" o "lo
vincular". En las escuelas, esos conflictos son abordados como cuestiones
de personalidad, y se promueven respuestas psicológicas, pero habría que
interrogarse, también, sobre los malestares sociales y culturales de los que
hablan esos "malos climas". ¿En cuántos de esos conflictos no está en
juego la crisis de la transmisión? ¿Cómo responder con formas
"sólidas" a situaciones "líquidas"? ¿No hablan muchas de
esas situaciones de instituciones-cascarón, que siguen haciendo de cuenta que
nada cambió? Los aportes de muchos docentes creen que ese malestar puede
aminorarse si hacemos de las escuelas lugares más hospitalarios, más alegres,
más agradables, donde cada uno pueda expresar "su" voz.
Otra colega, Carina Fedrigo,
aporta un sentido diferente: "A mi criterio, una buena escuela debería (.)
defender los derechos de los docentes y alumnos, pero que, por encima de eso,
medie para que cumplan ambos con sus obligaciones".
Repensarnos como comunidad implica también
repensarnos como institución que tiene autoridades, reglas, leyes, derechos y
deberes. Muchos colegas mencionan la necesidad de pensar en una nueva
institucionalidad, con otros mecanismos de participación y de evaluación mutua.
Es necesario reconstruir instituciones que tengan la capacidad y la legitimidad
suficiente para desarrollar políticas para el bien común y, en ese sentido, que
ayuden a construir marcos para el largo plazo, para algo más duradero, para
sentirnos más protegidos y amparados y no tan "a la intemperie". Lo
que surge de la convocatoria es que las instituciones tienen que fundarse en un
orden democrático y apoyarse en el debate público colectivo.
Parece importante reactivar los mecanismos de
participación educativa que proponen las leyes, volverlos verdaderos foros
públicos donde se debata qué educación queremos, y crear otras formas de
gobierno donde fuera necesario, a nivel de las escuelas y de los espacios de
gobierno del sistema educativo. Finalmente, varios aportes mencionan la
importancia de contar con principios y valores que nos orienten como
institución. Y, claro está, no todo son rosas. Algunos señalan que la escuela
argentina está inmersa en una "crisis de valores". Sobre esta difundidísima
apreciación (a la que contribuyen muchos medios periodísticos), nos gustaría
señalar que no toman en consideración los muy contundentes valores o principios
que encierran experiencias que sostienen buenas escolarizaciones para muchos
alumnos. Entre ellas, solo para mencionar unos pocos de las muchos existentes,
destacaremos las de Mónica Zidarich, Norma Colombato, Laura Vilte, entre otras
historias que venimos presentando en esta revista.
Cabe preguntarse, la idea de valores o
principios comunes ¿de qué valores habla? ¿Se trata de valores consensuados
entre "nosotros los de la escuela”, “nosotros los argentinos" o
"nosotros los humanos"? A veces parece, por ejemplo en las
alocuciones de los actos escolares, que la escuela solo se tiene a sí misma
para defender "los valores" y para definir lo que se considera por
tales. ¿Se trata de algunos valores consagrados e inapelables? ¿Cambian los
valores y principios junto con las culturas? Este "diagnóstico" de la
"crisis de valores" suele darse cuando se habla de nuestros alumnos y
sus familias, y parece decir -de un modo no demasiado explícito- que
"alumnos eran los de antes","familias eran las de antes",
hasta "futuro era el de antes". Es especialmente llamativa esta idea
de que la organización familiar ha variado y eso la pone en crisis, justamente
cuando la docencia es una profesión que ha sacado enormes beneficios de la
inclusión de la mujer en sus filas. Inclusión, como sabemos, que supuso entrar
en un territorio no siempre sencillo y que implicó el reordenamiento de otros
roles sociales. Es por esto que resulta llamativo que sea tan extendida esta
idea de que las familias "ya no están", que se asocia a que las
mujeres parecen haber dejado un lugar que no deberían haber dejado. Este modo
de concebir el problema plantea tensiones y discute los límites de una sociedad
que busca consolidarse como democrática, con iguales posibilidades de inclusión
para hombres y mujeres, y abierta a la renovación de roles y modelos
culturales.
Como se ve, las respuestas que nos enviaron muestran
distintas preocupaciones y enfoques. Pero creemos que todas ellas dan elementos
para definir mejor de qué (se) trata, o debería tratar, la escuela. La vida en
comunidad, los saberes, la institución, la autoridad, la posibilidad de hablar
y escuchar, son temas y preocupaciones que organizan los rasgos de una
"buena escuela". Hay orientaciones distintas, énfasis propios,
lugares comunes y caminos más originales; pero en conjunto, estas respuestas
dan cuenta de un colectivo docente y profesional que está pensando qué tipo de
institución necesitamos hoy. Ojalá estas reflexiones, junto con los aportes que
incluimos en el dossier, contribuyan a que seamos menos "cascarón" y
más "escuela", una institución que muestre tesoros, que ponga en
contacto con otros mundos: los del pasado, los del futuro, los de las ciencias,
los de las lenguas, los de los sueños. Al final, como decía un politólogo
chileno, "imaginando otros mundos, se acaba por cambiar también a
este".
1 Bauman, Z., Modernidad líquida, Buenos
Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002.
2 Expresión que tomamos del sociólogo francés
François Dubet en su libro Le déclin de l'institution, L'Harmattan, París,
2002.
3 Por ejemplo, cuando surgió la escritura, y
este saber ya no pudo enseñarse en la transmisión oral esporádica de unos a
otros y necesitó una institución más sistemática para su inducción.
4 Kress,G, (2005), El alfabetismo en la era
de los nuevos medios de comunicación, Granada, Ediciones El Aljibe-Enseñanza
Abierta de Andalucía.pág.68-69.
5 Tyack, D., y L. Cuban, En busca de la
utopía, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 1995. Vincent, G., (comp.)
L'éducation prisonnière de la forme scolaire. Lyon, Press Universitaires de
Lyon, 1994. Viñao, A. Sistemas educativos, culturas escolares y reformas.
Continuidades y cambios. Madrid, 2002. Morata Dubet, F.,"¿Mutaciones
institucionales y/o neoliberalismo?, en:Tenti Fanfani, E., Gobernabilidad de
los sistemas educativos en América Latina, IIPE, Buenos Aires, 2004, pág.
15-44.
6 Lo cual, como demuestra Silvia Finocchio,
puede ser un elemento auspicioso en contextos de desestructuración social
marcada como los que sucedieron en los últimos años en la Argentina (cf.
Finocchio, S.,"Apariencia Escolar", en: Dussel, I. y Finocchio, S.
(comps.), Enseñar Hoy. Una introducción a la educación en tiempos de crisis,
Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003, pág. 81-87.
7 Giddens, A., Un mundo desbocado. Los
efectos de la globalización en nuestras vidas, Madrid, Taurus Alfaguara, 2000,
pág. 30.
8 Retomamos elementos de un artículo escrito
por una de nosotras, en un libro de próxima aparición (Dussel, I.,"De la
primaria a la EGB: ¿Qué cambió en la enseñanza elemental en los últimos
años?", en: Terigi, F. (comp.), La escuela primaria. Aportes para el
debate, Buenos Aires, en prensa.
9 OECD/OCDE (2004), Background OECD Papers:
The Schooling Scenarios, Internacional Schooling for Tomorrow Forum, Toronto,
Canada, Ontario Ministry of Education. Nótese que al definir la escuela como
"lugar de aprendizaje", se está tomando en cuenta la crisis de la
enseñanza; pero también se están priorizando algunas herramientas que dejan a
la acción del docente en un segundo plano. Habría que preguntarse si
"rechazar" el lugar de enseñantes, o darle menos valor que al de los
expertos, es la solución deseable para esta crisis.
10 Por ejemplo, en el currículum humanista de
las escuelas medias del siglo XIX se proponía que los sujetos debían aprender
lenguas extranjeras, elementos de historia y geografía universales, y lengua e
historia nacionales, para formar dirigentes y ciudadanos cosmopolitas. (Cf.
Dussel, I., Curriculum, humanismo y democracia en la escuela media argentina,
1865-1920, Buenos Aires, FLACSO/UBA, 1997.)
11 Connell, R., Escuelas y Justicia Social,
Morata, Madrid, 1997.
Fuente: Revista El Monitor
Ministerio de Educación
domingo, 16 de junio de 2013
Errores de padres en su afán por que sus
hijos lean.
Por qué a muchos niños no les gusta leer?
Quizá toda la culpa no la tengan la televisión y las consolas.
«Haced lo que queráis, porque de todas maneras
lo haréis mal», decía Sigmund Freud a las madres. Quizá fuera demasiado
extremo, pero lo cierto es que con toda la buena voluntad del mundo, a veces
los padres se equivocan. Todos querrían ver a sus hijos devorando libros y
disfrutando al leer mientras aprenden sobre mil y un asuntos, pero en su empeño
por fomentar la lectura, el tiro les sale por la culata. ¿Qué falla?
No «hay que leer». Ya lo decía el escritor
francés y profesor de literatura Daniel Pennac en el ensayo «Como una novela»
con el que lleva abriendo la mente a muchos padres y educadores desde hace 20
años: el verbo leer, como el amar o el soñar, «no soporta el imperativo». Leer
es un derecho, no un deber. Es inútil obligar a leer y además resulta
contraproducente porque no se transmite una afición por la fuerza.
No se contagia un «virus» que no se tiene. Si
los padres no leen o sus hijos no les ven leer, difícilmente podrán
convencerles de que se lo van a pasar bien leyendo. Las personas a las que les
gusta leer normalmente han tenido algún familiar que les ha transmitido la
pasión por los libros. La falta de tiempo no es excusa porque cuando algo
realmente se quiere, se busca el tiempo, insiste Pennac.
La lectura, no siempre en soledad. Leer a un
niño «es una práctica fundamental, tal vez la más importante y eficaz sobre
todo con los niños que tienen dificultades para leer y les cuesta un gran
esfuerzo», señala el maestro, licenciado en Historia y logopeda Pablo Pascual
Sorribas. Al escuchar a sus padres, comprenden mejor el mensaje y disfrutan con
la historia.
¿...y por qué en silencio? «¡Extraña
desaparición la de la lectura en voz alta. ¿Qué habría pensado de esto
Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la
boca antes de clavárnoslas en la cabeza? ¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música?
¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! ¿Acaso
Flaubert no se gritó su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿Acaso no es el
más indicado para saber que la comprensión del texto pasa por el sonido de las
palabras de donde sacan todo su sentido?», escribía Pennac.
No al constante «¿qué has leído?». Examinar a
los niños de cada capítulo o cada libro convierte un placer en un examen, con
la ansiedad que de ello se deriva. Conversar sobre un libro que se ha leído
fomenta la lectura, siempre que el niño no se siente como en un banquillo. Es
el «derecho a callarse» de todo lector, porque ¿a quién no le molesta que le
pregunten qué ha entendido?
No a los clásicos por obligación. La
escritora Ángeles Caso describía en el artículo «Lectores del siglo XXI» cómo
se enamoró de la literatura: «No recuerdo que me padre me negase nunca un
libro. Ni por bueno ni por malo, ni por demasiado sencillo ni por demasiado
complicado, ni por moral ni por inmoral. En mi casa leíamos con la misma
fruición los «Cuentos del conde Lucanor» y las historietas de Tintín, el «Poema
del Cid» y las trastadas de Guillermo Brown...». Y añadía: «Si alguna vez le
devolví un libro sin terminarlo, lo recogió con la misma sonrisa con que me lo
había entregado, sin hacerme sentir culpable o tonta por mi desinterés». Los
padres pueden alentar y estimular, pero los lectores tienen derecho a elegir.
No al «hasta que no lo acabes, no hay
televisión». La televisión se convierte así en un premio y la lectura en un
trabajo, en el peaje necesario hasta la tele, una contradicción. Y puede ser la
tele, o la consola...
Miguel de Cervantes decía: «El que lee mucho
y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». No pongamos zancadillas.
Los diez derechos del lector
El escritor y profesor francés Daniel Pennac
recoge en «Como una novela» (Anagrama) el decálogo de los derechos del lector:
El derecho de no leer un libro.
El derecho de saltar las páginas.
El derecho de no terminar un libro.
El derecho de releer.
El derecho de leer lo que sea.
El derecho al Bovaryismo (enfermedad textual
transmisible).
El derecho de leer donde sea.
El derecho de buscar libros, abrirlos en
donde sea y leer un pedazo.
El derecho de leer en voz alta.
El derecho de callarse.
Cortesías:
Leer.es.
sábado, 15 de junio de 2013
EDUCACION
Un informe explica la fórmula de Shanghai para transformar las peores escuelas.
Ben Jensen define en un nuevo trabajo los cuatro pasos del
programa de gestión empoderada’, una iniciativa china que empareja escuelas de
alto y bajo rendimiento para revertir sus resultados en dos años.
De Shanghai, más que su buena
nota en PISA (sus estudiantes de 15 años están 30 meses por encima en
Matemáticas, 23 meses en Ciencias y 20 meses en comprensión lectora que la
media de la Unión Europea, según la última evaluación internacional de 2009),
lo que realmente llama la atención es su estrecha brecha de rendimiento entre
los mejores y los peores alumnos (de 204 puntos, respecto a los 241 de media de
las 34 naciones de la OCDE o los 253 de los Estados Unidos). Es más, el 10% de los
peores estudiantes de matemáticas en Shanghai cuenta con un nivel 28 meses
superior al de sus pares en EE.UU y estos muestran una menor desigualdad de
rendimiento tanto si se compara a los alumnos de un mismo centro, como a los
centros entre sí. Lo explica el informeCambio radical escolar en Shanghai, un
trabajo del instituto educativo Centro para el Progreso Americano (CAP), que se
centra en la apuesta por la equidad de este sistema asiático. Señala a una
iniciativa en concreto: el llamado ‘Programa de gestión empoderada’.
Ben Jensen, co-autor de este
informe, junto a Joanna Farmer, explica por correo electrónico a ESCUELA, que
supo de esta iniciativa a raíz de varios viajes a Shanghai, que realizó en los
últimos cinco años con proyectos educativos. Allí, no solo identificó sus
ingredientes de éxito sino que podían exportarse sin problema: “Este programa
puede implantarse fácilmente en Occidente porque no existen elementos que sean
específicos de Shanghai, es más, los políticos chinos que lo desarrollaron se
basaron en una una iniciativa similar que observaron en Inglaterra cuando
intentaban aprender de su sistema”, apunta. Es una medida relativamente nueva,
a penas tiene una década, y en ella han participado unos 100 colegios, por lo
que no existen análisis estadísticos de su resultado –PISA mide los centros
indistintamente, no solo estos– “pero los políticos, en todos los niveles
educativos, lo consideran efectivo para afrontar las desigualdades y mejorar
las escuelas de bajo rendimiento”, asegura Jensen.
El ‘Programa de gestión
empoderada’ de Shanghai, la ciudad más poblada de China y una de las más
pobladas del mundo, surgió, explica el estudio, como respuesta a la
preocupación del gobierno por la calidad de algunas escuelas, en especial, en
los nuevos suburbios.
En poco más de una década, la
población de Shanghai se había disparado de 16,7 millones de personas en 2000 a
23 millones en 2010, lo que se tradujo en una fuerte presión en su
infraestructura y servicios. La hipótesis que utilizó Shanghai era sencilla, si
había escuelas que funcionaban mal y otras que lo hacían bien, por qué no hacer
aquello que resultaba en los centros con más problemas.
Para ello, solo hacían falta: dos
años, la voluntad de la Administración, centros y docentes y cuatro pasos
concretos: identificar las escuelas de bajo y de alto rendimiento; establecer
acuerdos contractuales con las escuelas; tomar las medidas necesarias para
convertir las escuelas con dificultades y medir los resultados a través de
acuerdos de evaluación y rendición de cuentas. Jensen y Farmer examinan cada
uno de ellos, con detalle.
PASO 1. Identificar las escuelas
Antes de iniciar el intercambio
de profesores y director, el primer paso es identificar las escuelas de alto y
bajo rendimiento, es decir, las que pueden ayudar y las que necesitan ayuda.
Hay varios factores que utiliza este programa para ello, que principalmente
radican en el distrito escolar. Primero es el análisis de datos sobre el
rendimiento de los alumnos que se complementa con visitas de los oficiales del
distrito a los centros. También se tienen en cuenta iniciativas tales como
premios de desarrollo profesional, las conexiones con la comunidad y las
actividades extracurriculares. Un segundo factor es el seguimiento, seguido del
emparejamiento de habilidades y por último, la valoración de que la escuela que
servirá de apoyo tiene la capacidad de ayudar a la otra sin comprometer su
propio rendimiento.
PASO 2. Establecer acuerdos
Una vez identificadas las escuelas, los
centros de alto rendimiento firman un contrato con la jurisdicción responsable,
que es normalmente el distrito escolar de la escuela de bajo rendimiento. Si se
trata de centros de varios distritos, lo firman con el municipio. El contrato
estipula los requisitos de la escuela de alto rendimiento y el soporte que la
jurisdicción proveerá. Los requisitos incluyen algunos de los objetivos de
rendimiento de la escuela ‘apoyada’ y la descripción de cómo van a trabajar
ambos centros juntos. Además, el contrato especificará el plazo, el coste y los
mecanismos de evaluación que se utilizarán. La duración es normalmente de dos
años, aunque en algunos casos, pueden durar hasta cinco, si todas las partes
están de acuerdo. Este plazo se fundamenta en dos factores: primero, en que dos
años es el período en el que una escuela normal puede experimentar cambios y
segundo, en que es el tiempo en el que un centro de alto rendimiento puede
ofrecer la mayoría de la ayuda. Además, se cree que este tiempo limitado
“empuja la escuela ayuda a actuar de una manera proactiva”, puntualiza el
estudio.
PASO 3. Tomar medidas
Cuando ya se ha establecido el
contrato, el siguiente paso es tomar las medidas de transformación. Estas
incluyen:
primero, la planificación del
plan de estrategia y liderazgo, lo que supone que varios profesores de la
escuela de alto rendimiento, conducidos por su director, establezcan un grupo
de trabajo y analicen la situación actual del centro de mal rendimiento en el
que van a trabajar; que identifiquen los principales problemas y proporcionen
metas y objetivos claros para superarlos y que los emparejen con las cualidades
de la escuela. Además, deben ser flexibles en su aplicación. El informe del CAP
insiste en la importancia de que la escuela de alto rendimiento logre “la
aceptación y el apoyo del personal de la escuela de bajo rendimiento”.
Segundo, las escuela de alto
rendimiento creará una cultura escolar que promueva el aprendizaje productivo,
aquí las actividades extracurriculares y sociales juegan un papel fundamental.
Tercero, se desarrollará un plan
para mejorar la enseñanza y a cada miembro del personal se le ofrecerá un plan
de desarrollo individual que esté alineado con el objetivo estratégico de la
enseñanza eficaz. Su finalidad es el desarrollo de docentes eficaces que puedan
liderar y desarrollar a otros profesores de la escuela.
Cuarto, a fin de conseguir el
objetivo principal, que es mejorar el aprendizaje del estudiante, se evaluará
el progreso de los alumnos.
Y, por último, se elaborará un
plan de cooperación entre las familias y la escuela, lo que incluye actividades
extraescolares y sociales y especialmente, las visitas domiciliarias, una
característica de la escolarización en Shanghai, donde profesores titulares
visitan el hogar de cada estudiante y discuten sus objetivos de desarrollo y
aprendizaje. Dependiendo de la escuela, esto se hace normalmente una o dos veces
al año.
PASO 4. Rendir cuentas.
Por último, para comprobar su
eficacia, se llevan a cabo evaluaciones en el medio y al final de los acuerdos
establecidos y una tercera parte, mediante las directrices establecidas por la
municipalidad de Shanghai. El estudio asegura que algunos problemas como una
planificación insuficiente o la resistencia del personal se identifican
rápidamente, y así, los evaluadores se aseguran de que se realicen los cambios
oportunos.
Y, ¿qué gana la escuela de alto
rendimiento con todo esto? El programa de Shanghai también piensa en esto y
establece que la diferencia que quede de los 500.000 yuanes al año (unos 62.625
euros) que ofrece el órgano responsable del acuerdo para los salarios de
docentes y director y los costes del proceso, vaya a la escuela de apoyo, como
incentivo. “Es una manera muy barata de abordar el bajo rendimiento en los
centros y que por tanto, supone un ahorro a largo plazo. También tiene la
ventaja de que, al mismo tiempo que se dirige a las escuelas con problemas,
proporciona más recursos a las escuelas que funcionan”, concluye Jensen. Todos
ganan.
Fuente: OEI.
domingo, 9 de junio de 2013
El
uso de la tecnología en el aula para personalizar la enseñanza.
Las
tecnologías adaptadas favorecen una enseñanza personalizada. Este es el
objetivo del Proyecto de Educación Básica Interactiva (EBI), una alternativa
pionera en nuestro país, que atiende las necesidades específicas de cada
estudiante.
Supone
un cambio al sistema de enseñanza, ya que el alumno se vuelve mucho más
autónomo y el profesor establece con él una relación basada en el seguimiento y
la resolución de dudas. Se aparcan las clases magistrales en favor de un
aprendizaje personalizado a las necesidades de cada estudiante. En este
artículo de Eroski Consumer se explica cómo conseguirlo.
Enseñanza adaptada al
nivel y capacidad de cada alumno
El
uso de tecnología en el aula permite introducir cambios en el modo de enseñanza
y aprendizaje. El aprovechamiento de estos recursos favorece la adquisición de
unas habilidades muy útiles para los alumnos en el futuro, pero sobre todo, se
atienden las necesidades específicas de cada uno.
Cada
alumno realiza unas tareas a través de una plataforma on line y resuelve sus
dudas con el profesor de manera individual Se realiza un diagnóstico previo
(metas, capacidad de trabajo, actitud ante la lectura y el trabajo y situación
familiar) y, a partir de los resultados, se desarrolla un plan de estudios
personalizado, junto con un seguimiento y evaluación individuales.
Este
plan lo definen los distintos departamentos docentes y está compuesto por
ejercicios ajustados al nivel y capacidad de cada estudiante.
Desde
quinto de Primaria, los alumnos cuentan con libros de texto, cuadernos y su
propio ordenador portátil (netbook). A través de este dispositivo electrónico,
desde el aula, se conectan a una plataforma on line y acceden a las tareas
previstas en el citado plan.
Esta
tecnología les permite estudiar tanto de manera individual como en grupo, de
forma que el alumno "avance por sí mismo" y aprenda a trabajar en
equipo.
Una
vez por semana, o según determine el centro, los estudiantes se reúnen con los
profesores de cada asignatura y resuelven las dudas que les hayan surgido. La
evaluación es continua y de acuerdo al ritmo de cada alumno.
El
plan de trabajo es individual y personalizado. Los niños disponen de un trabajo
adaptado y se les hace un seguimiento individual. Este cambio en el método de
enseñanza implica que las clases magistrales, en las que el profesor imparte la
misma materia a todos, se sustituyan por una dinámica en la que cada alumno
sigue su plan.
¿Cuál es el papel del
profesor en este nuevo modo de enseñanza?
El
rol de los docentes ha evolucionado en los últimos años. No solo han tenido y
tienen que ponerse al día en el uso de las tecnologías en el aula, sino que sus
tareas también han cambiado.
El
profesor actúa como facilitador que anima a los estudiantes a descubrir
principios por sí mismos Mediante este método de enseñanza, el profesor
interactúa de manera directa con el alumno para atender sus dudas, la formación
se individualiza y, de este modo, se favorece la inclusión. Es posible que
estudiantes de diferentes capacidades compartan una misma clase, ya que los
cambios afectan al plan de estudios individual del alumno, pero no al general
del aula.
Los
profesores se centran en la tarea de seguimiento de los estudiantes y les
ayudan a cumplir el plan de trabajo adaptado a ellos. Sobre todo, resuelven
dudas, puesto que a los niños se les facilitan las soluciones de los
ejercicios, por lo que conocen si realizan bien los ejercicios o no.
Los
alumnos adquieren mayor autonomía, mientras que los profesores realizan unas
funciones más dinámicas con cada uno de ellos.
"El
profesor actúa como facilitador que anima a los estudiantes a descubrir
principios por sí mismos y a construir el conocimiento trabajando en la
resolución de problemas reales o simulaciones, solos o en colaboración con
otros compañeros", explican los responsables del Proyecto de Educación
Básica Interactiva (EBI) donde se enmarca este método de enseñanza.
Los
docentes guían el proceso de aprendizaje y evalúan el rendimiento de los
alumnos a medida que avanzan, pero son estos quienes "construyen el
conocimiento".
Proyecto de Educación
Básica Interactiva (EBI)
El
Proyecto de Educación Básica Interactiva (EBI) es una iniciativa pionera que,
hasta ahora, se desarrolla en el Colegio Santa María la Blanca, en el barrio de
Montecarmelo de Madrid.
Las
líneas de trabajo que definen el proyecto son cuatro, explica el centro:
"Una metodología que permite la personalización real de la enseñanza, un
cambio en los roles de los docentes, una nueva concepción de los espacios
educativos y la incorporación de la actividad extraescolar como parte del
desarrollo y metas del estudiante".
Se
pretende que el alumno adquiera un papel más activo en su propia formación El
principal reto recae en los profesores, ya que los jóvenes están más
acostumbrados al uso de dispositivos tecnológicos.
Por
este motivo, se ha pensado en una plataforma on line de fácil manejo para
todos, ya que los docentes pueden añadir el contenido que estimen oportuno para
que los estudiantes lo realicen. Incluso se prevé que los padres puedan acceder
a la plataforma y seguir así el trabajo de los hijos.
Se
plantea un apartado específico para padres e hijos, desde donde acceder al plan
de estudios, gráficos de rendimiento, comunicación directa con los profesores,
observaciones y comentarios de estos, calificaciones, citas y encuentros con
los docentes o entornos de trabajo colaborativo, como blogs o foros.
Así
se pretende que, aunque el alumno adquiera un papel más activo en su formación,
se garantice el seguimiento adecuado para culminar la formación con éxito e
implicar a padres y profesores en el proceso de aprendizaje.
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